Cuadernos de Coyuntura

Diamela Eltit: “En la transición nunca dejé de mirar lo que tenía que mirar”

Diamela Eltit: “En la transición nunca dejé de mirar lo que tenía que mirar”

Han sido días de reconocimiento para Diamela Eltit. Y es que su obra ha sido galardonada con el Premio Nacional de Literatura 2018. Poco antes, eso sí, y haciendo un alto en la ajetreada agenda que la llevaría de vuelta a Nueva York para retomar sus clases, concedió esta entrevista a Cuadernos de Coyuntura para hablar sobre la transición y sus nudos, la cultura y literatura de esta época, así como de la actualidad, desde su lugar de activista y escritora que ha visto y reflexionado sobre un proceso iniciado hace ya treinta años.

En momentos en que se conmemora el plebiscito, ¿Qué hitos, en este arco de 30 años, se relacionan con tu trabajo?

Tuve algunas preguntas críticas sobre la transición. Es decir, la forma en que eso se efectuó, evidentemente, tampoco podía ser de otra manera: este pacto entre ciertas fuerzas democráticas con la dictadura y con quienes podrían ser cómplices de la dictadura. Entonces, para la historia social, corporal, era fuerte ver ese pacto. Pero nadie podría negar que terminar un estado de cosas como ese —que pasaba sobre todo por la vulneración de derechos básicos de la gente— era interesante, porque habíamos estado bajo estado de excepción, con la mayor parte de las libertades restringidas. Lo que era difícil de asumir eran las condiciones en que se producía esto, vale decir, se producía con Pinochet incluido, con el dictador adentro. Desde mi perspectiva, la dictadura duro más que su realidad, porque Pinochet quedó dentro, primero, como comandante en jefe, y después, como senador designado. Está muy subordinada toda la transición a esa figura. Para mí la dictadura no duró 17 años, sino más o menos 25.

En mi caso particular, viví estos 30 años con más preguntas críticas, en el sentido de que el nombre transición —por lo menos de los 17 o 25 años— no era real, era una ficción, necesaria seguramente, pero una ficción porque el dictador estaba ahí. Desde el punto de vista simbólico mantenía una cuota de poder más alta que los demás, precisamente por la violencia. Y después, viene el tema de la instalación acrítica del neoliberalismo que sumó una frontera compleja de vivir en la relación entre sujeto y objeto, con la indeterminación entre sujeto y objeto, el consumo y el consumismo. El consumismo es un gran método para diluir la angustia, por un lado y, por otro, para hacer de la memoria algo retardado, periférico.

El consumismo se vuelve una carta de ciudadanía.

Sí, pero de ciudadanía para el olvido, es un anestésico. Un anestésico y, lo que está detrás de eso, es una opresión a la memoria para dejar esa memoria en lugares periféricos, como el libro sobre los Derechos Humanos que hace Aylwin [Informe Rettig]… es un libro sin circulación. Es un acto, pero para la periferia del sistema. Entonces mi impresión fue —viendo cómo se iba desarrollando un estado de cosas— que favorecía, por supuesto al capital, que oprimía la memoria de forma muy considerable. Ese pacto alcanzaba una dimensión mucho más amplia de lo que era necesaria, se amplió demasiado el pacto, no hubo freno.

Yo había publicado antes, durante la dictadura, por lo tanto, seguía escribiendo, pero muy atenta a estas nuevas formas de opresión. No quiero igualar la transición con la dictadura porque no es así, eso sería un error, porque sería desconocer la muerte, sería desvalorizar las muertes bajo dictadura. Una desvalorización del tema de los Derechos Humanos. Pienso que lo que pasó ahí es lo más grave que ha pasado en el siglo XX, pero eso no significa que hay una gravedad en otro registro, otra devaluación entre el 88’ y 90’.

En ese sentido, la transición representa para la izquierda y el mundo progresista un período complejo. Esta forma compleja de relacionarse en torno a una democracia que tiene una ampliación de libertades, pero con este censor detrás que finalmente es un auspicio de la violencia. ¿Qué elementos marcan a estos sectores? Hay una izquierda que se relaciona con la transición, ¿cómo piensas esta definición de un segmento de la izquierda o con qué sector de la izquierda se asocia a tu trabajo?

En ese momento no se puede hablar de una izquierda. Habría que hablar de varias izquierdas, ni siquiera de dos. El Partido Comunista queda fuera. Pero también, por ejemplo, el Partido Socialista va a sufrir matices, bastantes matices. El PPD para qué decir. La misma Democracia Cristiana va a ser más de una. Ya no van a ser cohesionados. Más bien, empieza una colonización del sistema y de las lógicas del sistema sobre los partidos. Eso me parece bastante visible. Lo que se entendía como elementos cohesionados frente a determinadas demandas o prácticas, se empieza a fraccionar. Viene una cuestión basada casi en sujetos que lideran ciertas formas de hacer política frente a otros. Vino una disgregación de los centros neurálgicos de los partidos y, más bien, ellos pasan a hacer una cierta aceptación más o menos acrítica del sistema.

Eso va a ser muy complicado para lo que se llamaría la izquierda, porque la izquierda pierde su impronta. La izquierda se recicla con algo que tiene que ver con algo progresista, pero no con velar de manera irrestricta por mejorar las condiciones de vida. Por otro lado, de nuevo esa relación tóxica con la derecha. Hubo ahí una reterritorialización de todo: del pensamiento, pero también de los cuerpos, porque empezó una cosa más compleja, donde la izquierda y la derecha veraneaban en los mismos lugares, vivían en los mismos barrios, iban a los mismos colegios. Entonces ahí se produjo una cuestión, bastante complicada, porque también los años noventa fueron los años de un arribismo extremo, la idea del winner y el loser. Ahí es cuando se articula y ensaya una violencia más o menos grande. Creo que ahí entró en esa lógica una izquierda que se debilitó.

¿Cómo se discute ese escenario político y qué lugar ocupa un activista cultural en este contexto? Por ejemplo, tu misma decías, en esta relación de contubernio corporal de estos mismos sujetos, ¿cómo los relacionamos con escenarios simbólicos, en tu literatura sobre todo?

Todo este cambio permeó también la cuestión editorial. En cierto sentido tocó lo literario, porque se abrieron editoriales nuevas, también diarios de crítica que antes eran extraordinariamente minoritarios, aunque también hubo cierres de muchos medios. Efectivamente, hubo una visibilidad mayor para el ambiente literario, crítico y cultural. Sin embargo, yo no entré en ese vértigo —si tú quieres— de la transición, me mantuve más o menos en una línea de trabajo que no era lo que el mercado quería y no tuve la certeza de que todo era genial y que había que mirar para adelante, que era la idea que se tuvo. Entonces, me mantuve más o menos en los espacios que yo pensaba que tenían que ser mirados, de los que no me he movido. Seguí mirando más o menos esos espacios más críticos del espacio social. Tal vez quedé más anclada, si tú quieres, por tener una posición. No integraba la Nueva Narrativa, estuve más lateral. Quería estar aquí porque no me parecía eso de hacer un festejo tan acrítico de las nuevas condiciones, aunque valoraba mucho que se hubiera acabado el estado de excepción. Seguí trabajando sin mirar el mercado editorial. Y, como ya tenía algo, pude seguir publicando sin dificultades, pero no en los centros, sino, más bien en los lados más laterales. Por otro lado, como mujer, también tenía todas las limitaciones de género.

En los años noventa, y hasta la actualidad, se nos propone un mercado de la cultura una cultura que es afirmativa celebratoria. Y tú me dices acá, la Nueva Narrativa es una tendencia masculina, y tu literatura propone ahí un espacio de lo periférico, de una resistencia, mirando el sesgo de las articulaciones culturales. Me gusta pensar la literatura como un síntoma de una sociedad, ¿qué síntoma tiene tu literatura?

A mí siempre me interesaron los signos. Me interesó trabajar esos signos y darles una vuelta, si bien podemos pensar que la literatura no cambia el mundo, lo que sí puede hacer la literatura es cambiar la literatura, sus signos; abrirlos, expandirlos. El primer deber de lo literario es trabajar sobre su área.

Siempre me interesó una literatura más desbordada en relación a las pautas centristas o a las literaturas más pedagogizadas. Eso nunca lo dejé porque es una vía fundamental para mí. Lo primero de todo es preguntarse sobre los signos literarios y los centros literarios, dónde estarían los centros más establecidos, y cómo uno se inclina sobre esos centros o puede interrogar también el quehacer literario. Para mí la literatura es una experiencia, entonces busqué profundizar esa experiencia, lo que me ponía en un lugar no centrista. Y, por otro lado, donde estaba la mirada de todos esos signos era sobre lo masivo, pero que es periférico para la hegemonía, es masivo, esto es, lo desechable, lo no mirado, en fin. Me mantuve en esa política de mantener una mirada sobre esos espacios.

Esa mirada tiene una forma, es un activismo que se construye a contrapelo, es estar a contrarreloj de la época. Tú misma decías: no es celebratorio. No es una literatura adánica que surge de la nada. Más bien, hay un trabajo con una tradición cultural y con signos de redefinición. ¿Cómo pensamos esos mismos signos sociales de la exclusión, que pugnan por una inclusión? O sea, esta inclusión crítica que hace la literatura.

Todo confluye, el neoliberalismo no deja espacio sin colonizar, por eso se sostiene. Todo es un intento de colonización. En cuanto a la cuestión literaria, evidentemente, surgió una literatura muy intimista, donde la comunidad queda un poco afuera. Eso se dio en el cine, en la literatura más bien intimista, incluso en la literatura del yo, donde se exploraba la vida, la infancia, los padres. Hubo una cuestión sobre todo de ida hacia el espacio privado, hacia la familia, incluso. Una vuelta muy notoria al yo y a la familia.

En ese sentido había una conexión, no necesariamente lineal, con los parámetros del neoliberalismo, vale decir un self en un momento en que el yo es muy dudoso por la masificación, por la globalización, por las tecnologías. Entonces, ahí es donde yo creo que hubo un momento, tal vez necesario, porque por eso mucha gente escribió. Se sigue escribiendo porque el sistema se articula de determinada manera. Pero el punto es que ese no era el ímpetu literario que yo tenía, ni mi deseo literario, ni el deseo literario que tengo y espero que no tendré. Yo estaba en otro carril.

Esa misma privatización de lo social en lo familiar, en lo íntimo, en lo literario, es una codificación de la misma lógica de la transición, del neoliberalismo ¿Este es el gesto más maduro de esta articulación política que se expresa en lo literario?

Sí, se expresó. No puedes no relacionar esa explosión literaria con el sistema porque va para un solo lado: yo y mi familia y mi familia y yo, y ya. Entonces, está bien. Todo el yo, el yo muy fuerte, el yo biográfico o seudobiográfico, aunque nunca el yo es enteramente biográfico.

También esa articulación de lo social que pasa por un prisma de este yo, como si el yo no fuera una conjunción de lo social.

Sí, es el yo, yo, yo. La búsqueda de yo y mi vida. La necesidad en un sistema muy pequeño, de hegemonías muy pequeñas. Entonces mi necesidad de ser yo en ese espacio muy negado, pero en mi caso particular no era eso. Ahora, personalmente, le tengo miedo al sentido común, porque la pregunta es, ¿quién establece el sentido común?, ¿quién dicta cuál es el sentido común? A mi juicio, es la hegemonía, la dominación. Básicamente, en estos momentos, digamos, orientada por la acumulación de riqueza, ese es el sentido común. Yo estoy contra el sentido común, porque el sentido común apacigua y domestica.

Tendríamos que establecer otra instancia, menos domesticable, que no pase por establecer un sentido común, sino por establecer una diversidad muy horizontal de posibilidades, que no sea uno. Porque, ya ves, estas literaturas del yo son el sentido común literario, pero eso ¿a qué obedece?… sin negar que pueden ser muy buenas literaturas. No estoy juzgando, estoy leyendo, que es otro tema. No estoy diciendo si el libro es malo o el libro es bueno. Pienso que hay que repensar el criterio –precisamente hoy que estamos llenos de sentidos comunes—, sería bueno dejar el sentido común y pensar en otras articulaciones bastante más insensatas que el sentido común que nos han inoculado. Bastante más insensatas, porque si no lo hacemos —este es un ciclo muy largo— va a ser más largo todavía. Va a ser más largo porque tiene que haber articulaciones otras que rompan precisamente los sentidos comunes, pero no para instalar otros que van a ser lo mismo, sino que para dispersar. Creo que es momento de una dispersión que sea inagarrable por el sistema.

En tu trabajo hay una constante de trabajadores y trabajadoras, mujeres, sujetos que están en un estado de vulneración. En estos tiempos de reino del yo, instalar estos sujetos que son más colectivos es una forma de releer, ¿cómo estos últimos 30 años han afectado en esa línea tu trabajo?

Nunca dejé de mirar lo que tenía que mirar. No hubo centros, ni aspiraciones de pertenencia que no me dejaran lo que tenía que mirar y, desde luego, vi el genocidio obrero como un sistema, para pasar a estos trabajadores, flotantes, fundamentalmente tercerizados, o ver, en una ciudad muy territorializada como esta —una de las más territorializadas de las que yo conozco—, lo que ocultaba este territorio, es decir, dónde vive la mayoría de la gente. Ver esas vidas y este proceso de desagregación.

No hubo un proceso de integración, sino lo que hizo este sistema fue desagregar de la misma manera en que el consumo segmenta. Se empezó a segmentar a la población, pero para desagregarla de las estructuras que este neoliberalismo acepta. Entonces me interesó esta desagregación, los trabajadores del súper, la gente que vive en los blocks o los vendedores ambulantes, esta siempre es una cosa simbólica que va más allá de ellos mismos –para trabajar sentidos sociales—, más allá de los mismos cuerpos. Me interesó cómo el sistema, cómo sigue desagregando y, por otra parte, está generando un excedente muy complejo, como es la delincuencia al nivel que la tenemos ahora. El número que tenemos ahora es muy alto. Yo creo que el neoliberalismo genera esa violencia, y eso se levanta contra el otro, es como un Frankenstein que se levanta contra los otros, es el enemigo. Este es un enemigo generado por el neoliberalismo a causa de tanta desigualdad.

¿Cómo estas trabas pueden construirse como plataformas para nuevos referentes críticos?

Pienso que esto es una cuestión general, hay microespacios y espacios más medianos, con algunas insurrecciones —no solo estudiantiles—, en todo orden de cosas, ha habido sujetos que han leído bien, ya sea por automarginación o directamente por reclamos, pero, claro, uno se puede poner en lo más evidente, por ejemplo, en cuestiones de salud, porque es uno de los lugares golpeados por el neoliberalismo de manera atroz, o la previsión, que es para todos.

Desde luego, un tema muy complicado que era la educación por la privatización. Ahora, la gratuidad es muy importante, claro, a pesar de que tiene defectos, porque van los recursos a las universidades privadas, derechito a las universidades privadas. Las sillas vacías están ocupadas por la gratuidad. La gratuidad en sí es el resultado de una lucha estudiantil que se enfrentó a un sistema neoliberal y el sistema respondió desde la única cuestión que podía responder que es desde el neoliberalismo. Por eso no fue una expansión de la universidad pública —una esperaba eso— una gran expansión de la universidad pública, sino que fue la misma condición para la universidad pública y una expansión para las privadas mediante las sillas ocupadas. Aun así, pongámoslo en otro registro, en el alivio que trae para la gente que puede estudiar gratis, y eso es muy positivo. Pero ahora estamos en el siglo XXI y el siglo tiene que cruzarse, cada siglo tiene momentos. Yo pienso que la cuestión feminista es importante porque ahí hay algo que puede ser muy interesante para el siglo XXI. Porque las mujeres somos la mitad de la población mundial y de Chile también. Somos un sujeto oprimido, especialmente, las mujeres de clase media y populares. La pregunta es por qué no ha habido una explosión. Y es porque las mismas mujeres están colonizadas, en el imaginario están colonizadas, por lo tanto, repiten las ordenanzas hegemónicas, entendiendo la hegemonía como masculina. Entonces no hablo de hombres, hablo de poderes. Ahí, yo creo que se abrió una puerta y la gran puerta que queda es esa.

El liberalismo va a aceptar muchas cosas, va a aceptar la transexualidad, tú ves, por lo menos en los Estados Unidos, ahora España presentó una Miss España trans, es decir, el mercado va incorporando con mucha rapidez la cuestión de las subjetividades. Las coopta y las vuelve mercancía y las acepta. Problemas que se veían como muy difíciles, como el aborto, el divorcio que duró más de un siglo conseguirse, porque en el siglo XIX se presentan ya a las cámaras leyes de divorcio. O el aborto en tres causales que existía y va a ser repuesto. El aborto libre se va a conseguir porque se ha conseguido en otros países, el sistema cede ahí, pero hay algo que es inamovible, en todas partes del mundo, que es la diferencia salarial entre hombres y mujeres, eso no se ha movido.

La diferencia salarial y también la diferencia en los trabajos, el trabajo no pagado que es el trabajo reproductivo. Ahí hay una piedra que toma el feminismo.

La pregunta es porqué se mantiene esa desigualdad salarial: al mismo trabajo, diferente salario. Entonces ahí es donde está la voz más simbólica que es que se considera que la mujer vale menos. La única manera en que te paguen menos, a igual trabajo, es que valgas menos y, sobre ese menos, hay otros menos. Ahora, ese trabajo que tú señalas que es el trabajo de los cuidados, yo creo que ahí falló Marx porque lo nombró como trabajo improductivo, pero si no hay esos cuidados se cae el sistema.

Pero pongámoslo en la cara visible del poder: los trabajos pagados. Es ahí donde hay que entrarle. Para mí, el punto más central del neoliberalismo radica en la desigualdad salarial, pues esto lo sostiene. Ahí está el meollo, el capitalismo se sostiene en parte gracias a esta inequidad salarial. Ellos alegan porque la mujer es más improductiva. No, en Chile hay 1.3 hijos por pareja, los hijos son cada vez menos, es decreciente la tasa de natalidad… antes si tenían 10 hijos era posible, pero ahora no. Hay un margen ganancial, extremadamente ganancial al sistema, entonces, la manera de entrarle a esta cuestión neoliberal es el salario de las mujeres. Primero que todo, las mujeres tienen que pedir eso. No se ha hecho nada al respecto. En cambio, las energías se basan sobre subjetividades donde el sistema sí cede. Es como con el Partido Demócrata norteamericano: si eres homosexual o transexual, sí, se van ganando esos espacios. Pero lo que no se toca es la riqueza, los centros de riqueza.

Volviendo a los nudos críticos de la transición. Estos politizan a diversos actores sociales, como el estudiantil, el feminista, que promueven nuevas políticas, ¿cómo es posible hacerse cargo desde la izquierda y el progresismo de las ambiciones de esos movimientos que cuestionan la separación entre la sociedad y la política?

Si bien hay un recambio, básicamente un recambio político dado por el Frente Amplio en sus diversas vertientes, siguen vigentes dos problemas, a mi juicio. Uno, la falta de conexión con el aparato social, en sus lugares más agudos y en sus lugares más próximos, yo creo que el FA se ha elitizado también, pero hay que esperar. Estamos hablando de algo muy nuevo, pero digamos la luz roja para estos movimientos es su relación con los movimientos sociales, no en el sentido elitista, sino que realmente con los espacios sociales conflictivos, donde se necesita una voz dialogante porque esos sectores tienen mucho que decir también. No se trata de ir a pedagogizar, se trata de ir a escuchar para ir a aprender. Segundo, se están repitiendo los mismos hitos del siglo XX, que tiene que ver con líderes hombres que están en todos los frentes, están ahí porque hay algo que impide que la otra [la mujer] llegué. Las maniobras de poder siguen, más o menos vigentes, y eso es negativo porque el mundo no está formado solo por hombres, tú miras los liderazgos y no ves nada distinto.

Por último, las estructuras, las estructuras siguen como presidente, como secretario… yo creo que hay que cambiar esa estructura. Por una parte, los liderazgos, compartirlos. Las mujeres que tiene el Frente [Amplio] por todos lados son muy inteligentes, no puede ser que no estén porque están oprimidas. Por otro lado, romper con esas metodologías de una pedagogía que ha demostrado que solo se van a escindir —porque todos quieren ser presidentes, todos quieren ser secretarios—. Hay que romper esas estructuras —esto produce escisiones terribles— hay que hacer algo verdaderamente más horizontal, porque estas estructuras solo generan división por los deseos de poder, se producen escisiones que muchas veces son bastante simples, ni siquiera son ideológicas, son poder puro.

Pareciera que volvemos al inicio de nuestra conversación: sobre esta fragmentación de cierto progresismo en los noventa, que finalmente termina en contubernios, en pactos, y en esta desagregación social.

Hay puros pequeños liderazgos. A mi juicio, el Frente [Amplio] tiene que cambiar la producción de políticas para que, de esa manera, no sea una pura cuestión de poder y deseo, una cosa shakesperiana. Se transforma en Shakespeare, donde todos están dispuestos a matar al otro para tener poder —porque son cargos muy rimbombantes: hay presidentes, secretarios, toda una cosa que viene de los colegios, viene de la enseñanza media, todos tenían un presidente—. No, hay que hacer algo más democrático.

En términos de género, finalmente, esta seducción masculina del poder, mantener ese mismo deseo traducido en una lógica de dominación.

Entonces qué pasa, las mujeres se pliegan para ser vicepresidenta, es una lógica autodestructiva. Hay que buscar nuevas organizaciones, nuevas estructuras y deshacer esa cuestión tan vertical si se está tratando de democratizar un país.