Cuadernos de Coyuntura

EL DESBORDE FEMINISTA

EL DESBORDE FEMINISTA

La ola feminista que ha emergido desde las universidades evidencia una vez más la incapacidad de los marcos políticos de la transición para hacer frente a las demandas del Chile actual. A estas alturas es ya nítido que el cuestionamiento del orden social generado por la modernización neoliberal reciente está en la base de las banderas enarboladas por este movimiento. Y es que, a la educación no sexista, orientada a terminar con la división sexual del trabajo imperante en los programas de estudio de la educación terciaria y que proyecta al ámbito profesional los roles de género impuestos en el régimen privado, se suma la protesta por la precarización general de la vida de las mujeres fruto de una mercantilización de la vida social sostenida por grados crecientes de violencia y explotación.

Ante esta interpelación, y como botón de muestra de la desorientación política e intelectual que acompaña a la crisis de legitimidad de la democracia transicional, parece no haber o no querer haber una respuesta clara desde la política. Así pues, el Gobierno, sin ideas nuevas, propone una Agenda Mujer que fortalece el carácter subsidiario del Estado y que esencializa a la mujer en el rol de madre. La descompuesta Concertación, por su parte, queda enmudecida, pues tal cuestionamiento a los efectos de la reciente modernización no sólo acusa su incumbencia en ella, sino también la estrechez de sus políticas de género a lo largo de más de dos décadas. El Frente Amplio, por último, parece también sobrepasado por un movimiento que exige abrir debates de fondo más allá de un apoyo discursivo.

El movimiento feminista, entonces, desborda a la política. Su masividad, que articula a organizaciones dentro y fuera de esta última, manifiesta con fuerza que, en tanto hecho político, no puede ser procesado en una clave sectorial. Es más, dicha masividad anula cualquier atisbo de descrédito por ser “fenómeno de clase media” o porque su ocurrencia, en el contexto de la más asentada experiencia neoliberal del mundo, articule novedad y continuidad en sus formas de lucha y demandas respecto al feminismo histórico.

Por otro lado, que ese desborde se exprese privilegiadamente en el ámbito educativo, no hace sino volver a poner en el tapete la relevancia política de uno de los espacios más determinantes en la fisionomía del Chile de hoy. De allí que la demanda por educación feminista, que pone en cuestión la totalidad del sistema educativo, signifique también retomar la lucha por la educación pública, particularmente por la importancia de esta última tanto para la integración social como para la despatriarcalización de la sociedad.

El desborde, desde luego, provoca reacciones. Esas reacciones responden a lo masivo de su convocatoria y también a la pluralidad ideológica en que se apoya el movimiento, cuestión que es reconocida como una de sus fortalezas y como expresión de la trayectoria de un campo que, a medida que se despliega, avanza en la definición de sus centralidades políticas. Sin embargo, ese camino de autodeterminación, en su propio desarrollo, conlleva una disputa por los contenidos que delimitarán el feminismo posible de los próximos años. En ese hiato se abre un espacio de enfrentamiento, uno que intenta ser llenado desde dentro y fuera del movimiento feminista. En ese sentido, la lucha que dan quienes entienden la trascendencia de este movimiento a nivel local y regional no pierde de vista el modo de resolución material que se le dará en el espacio de la política, y concretamente en el grado de amplitud y diversidad de los intereses sociales incorporados, de modo tal que el cambio propuesto toque la raíz del tipo de relaciones de poder predominantes en el capitalismo patriarcal. Esa es una de las principales contradicciones de la modernización hoy cuestionada, una que, incorporando aceleradamente a las mujeres a los ámbitos laboral, educativo y político, no ha mostrado disposición para democratizar esos espacios y ponerlos al servicio de la emancipación.

La política toma nota del feminismo como un problema. Pero aun sigue aferrada a los viejos consensos para enmarcarlo. Si bien esto no ha sido derrotado, lo visto hasta ahora es un desborde que pone en evidencia la oportunidad que abre el movimiento feminista frente a la política tradicional. Tomar eso como tal es responsabilidad de las fuerzas de cambio. Es su desafío en medio de este despliegue de energía social.

Sebastián Caviedes, director

Santiago, junio de 2018