Compromiso

INTERVENCIÓN DE GABRIEL BORIC EN SEMINARIO «CLAVES PARA UNA REFORMA EDUCACIONAL DEMOCRÁTICA»

INTERVENCIÓN DE GABRIEL BORIC EN SEMINARIO «CLAVES PARA UNA REFORMA EDUCACIONAL DEMOCRÁTICA»

INTERVENCIÓN DE GABRIEL BORIC EN SEMINARIO «CLAVES PARA UNA REFORMA EDUCACIONAL DEMOCRÁTICA»

(I)

Hoy discutimos sobre la posibilidad de una reforma educacional democrática. ¿por qué? Porque a pesar de todos los intentos de reforma, muchos bien intencionados, sigue atrapada en el diseño dictatorial.

Lo que hemos conquistado gracias a los movimientos sociales es la oportunidad de abrir un nuevo ciclo para el país, con una democracia política y social plena, que ponga en el plano de la soberanía de los ciudadanos lo que hasta hoy está en las garras del mercado.

Desde las autoridades se señala que el gobierno actual es la apertura de este nuevo ciclo.  Pero, ¿estamos efectivamente ante un nuevo ciclo político?

Quisiera discrepar del optimismo de algunos que ven abierto un nuevo ciclo político y social. Un nuevo ciclo político tendrá nuevos actores políticos. Hoy no los tenemos. Un nuevo ciclo social debe ser sustantivamente distinto del anterior, y la vida social en Chile sigue tal como ayer, la misma sindicalización, la misma jornada laboral, mismo multirut (considerando incluso el deficiente proyecto que sobre este tema presentó el gobierno), las mismas pensiones de miseria con las mismas AFP, los mismos derechos sociales vueltos objetos de consumo, la educación, la salud, etc.

Nosotros tenemos todo el interés en que la lucha por desmercantilizar la educación avance. Pero vemos signos que nos preocupan. Nos parece que todavía se ignora lo que sucede en la sociedad, la política aún está muy separada del país que supuestamente representa.

En la víspera de 2006, antes de la revolución pingüina, los principios de la reforma educacional de la dictadura, que los gobiernos de la Concertación naturalizaron y profundizaron, estos es, hacer de la educación un bien privado y de capitalización individual, eran mostrados como su exacto opuesto, como la conquista de la democracia social y política. Recuerdo patetentemente las críticas de Sergio Bitar y Ricardo Lagos a quienes en esa época nos oponíamos al CAE. Nos decían egoístas por estar en contra de la creación de un negocio de ayudas estudiantiles para la Banca, el que todo el país sabe como terminó.

Lo que ayer se mostró con fanfarrías y hoy es ridiculizado por la autoridades -me refiero a las declaraciones del Ministro Eyzaguirre respecto a la elección del colegio por parte de los padres- desnuda la enorme separación de la política respecto de la sociedad y los procesos que ella vive. Ya sean cánticos autocomplacientes o cinismo, lo que ha explotado verdaderamente tras los movimientos estudiantiles es el abismo entre la política y la sociedad, y por lo mismo, la necesidad de replantear y ampliar la democracia para hacerse cargo con un sentido constructivo genuino de las injusticias sociales que ha producido este modelo.

Lo que explotó en 2006 y 2011 no fue sólo la educación de la dictadura, sino el intento de parcharla y disfrazarla, de echar bajo la alfombra el malestar que lentamente despuntaba.

Sabemos que la oportunidad para abrir la política a la sociedad, es decir, de abrir un nuevo ciclo, no la han instalado sólo los estudiantes. Somos muchas voces, con diferencias, pero sabemos que tenemos que estar juntos y confluir en un mismo horizonte, del que este seminario es parte.

(II)

¿Cuáles son los ejes o claves de una reforma democrática para quienes hemos venido dando esta lucha?

En la Fundación Nodo XXI hemos planteado que el aspecto fundamental de cualquier reforma sustantiva a la educación pasa por poner en discusión el carácter subsidiario del Estado.

Por años, cada vez que el mercado mostró incapacidad de cumplir sus propias promesas, el Estado inyectó más recursos a los privados y creó más regulaciones. La discusión sobre cuántos recursos, cómo y con qué condiciones terminó copando toda la discusión posible sobre educación. El debate entonces se tecnocratizó en extremo, poniéndose más allá de la deliberación pública.

Conseguir la gratuidad a través de subsidios, eliminar el lucro, incluso eliminar la selección, no harán de la educación un bien público, no desmantelarán la herencia dictatorial. Aliviarán algunos síntomas de la enfermedad de nuestra educación, pero no son la cura. Peor, pueden incluso agravarla en el largo plazo, en la medida que como todo calmante, nos inhiban de proseguir un tratamiento definitivo. Más control tecnocrático combinado con más vouchers no son el camino del cambio sustantivo.

Que el lucro es un exceso lo sabían ya los militares y los civiles que los acompañaron. Que prohibieran el lucro en universidades no fue un error. Más que el fin particular de hacerse ricos, el sentido político de su acción era desterrar la democracia como principio organizador de nuestras vidas, y lo lograron… por un tiempo. Conocemos sus cerrojos en la institucionalidad del país, y lo difícil que ha sido abrir puertas. Ellos insistieron en retrotraer los avances modernizantes y republicanos del siglo XIX y XX, que abrieron el ámbito de la educación y la cultura cada vez más a la soberanía democrática.

Desde la Fundación Nodo XXI hemos trabajado esto con investigadores en educación, rectores, dirigentes estudiantiles y representantes de los profesores. Con todos ellos a fines de 2013 publicamos el manifiesto Compromiso por una Nueva Educación, instancia que organiza este seminario.

Allí afirmamos que hay que resituar la democracia en la educación, haciendo de ella un derecho social universal. Que lo público es lo democrático, lo que es de todos como ciudadanos.

Los defensores del modelo dicen que la democracia y lo público no pueden violar la libertad de enseñanza ni la autonomía de las instituciones. Nosotros les decimos: la democracia no es enemiga de estos principios, sino al contrario, es la única manera de realizarlos. Nunca los ciudadanos fueron menos libres que hoy respecto de las escuelas, nunca las universidades fueron menos autónomas que hoy respecto de las asimetrías del mercado. Los defensores del modelo han manipulado estas banderas para defender, en realidad, su libertad de empresa.

No buscamos el fin de la educación particular, sino de la confusión entre diversidad educativa y proyectos de mercado. En este plano, prohibir el lucro, la selección, y asegurar la gratuidad, constituye un punto de partida, pero en ningún caso la tarea completa.

Lo central es la creación de una nueva educación pública. Si después de la reforma no es la nueva educación pública la que concentra la mayoría de los recursos invertidos como aportes directos, si no se ha fortalecido ni ha crecido, y por el contrario, los vouchers y subsidios aumentan -aún con más regulaciones y sin lucro-, manteniéndose la hegemonía actual de la educación privada, entonces la reforma habrá desperdiciado esta oportunidad histórica.

Lo decimos con claridad: la reforma no pasa por volver al pasado, ni debe alentar defensas corporativas de las instituciones tradicionales. Valoramos enormenente el proceso histórico de los siglos XIX y XX, en el cual el país fue sistemáticamente, gracias al impulso de las fuerzas sociales democráticas y progresivas de entonces, poniendo el plano de la cultura a disposición de la soberanía democrática de los ciudadanos. De ello surgió la construcción y ampliación de la educación pública.

Pero sabemos también que ese proceso no fue completo, y que excluyó a amplias capas sociales. No somos nostálgicos de ninguna época, pues sabemos que la educación de ayer excluyó a amplias capas sociales. Es necesaria, por cierto, mayor apertura democrática de las instituciones tradicionales hacia la sociedad y la rendición de cuentas a los ciudadanos. Esto no las debilita, las fortalece.

Tomamos entonces las banderas de la democracia y de la educación pública no como ánimo de volver al pasado, sino como promesas aún incumplidas. Nos proponemos, de hecho, avanzar en realizarlas.

La educación pública que queremos hoy no existe. Hay que inventarla. Para ello necesitamos de la rebeldía de los jóvenes -que es salir a la calle, pero no solo eso- sino que implica imaginar y crear lo que no existe. Libertad no es perseguir una ganancia, ¡es capacidad de pensar y crear algo nuevo! El nuevo Chile será una fuerza creadora, que movilizará las fuerzas institucionales, académicas y colectivas del país para construir la educación pública del siglo XXI. Estudiar experiencias internacionales pero no seguir recetas imitativas, reconocer la diversidad pero también encontrar los puntos comunes. Hay mucho por hacer. Desde ya nos ponemos en disposición de esa tarea.

(III)

Con estas expectativas hemos escuchado los anuncios del gobierno, y reconocemos que los principios a los que aluden intentan recoger las banderas del movimiento social y la ciudadanía.

Nuestra lealtad es con esas banderas, y es mayor que cualquier espíritu de oposición o desconfianza, incluso la desconfianza fundada por la experiencia pasada. Que hoy se hable de educación gratuita y de derechos sociales universales es un avance. Son nuestros avances.

Pero esos avances hay que concretarlos en una reforma sustantiva.

Y esa concreción aún no la vemos. Se ha construido un manto de duda sobre la reforma.

Quiero recordar lo que desde la Fundación Nodo XXI hemos dicho tantas veces: que la sociedad chilena hoy está en una disyuntiva fundacional. O seguimos parchando la herencia dictatorial, o de una vez por todas encaramos el desafío de ir más allá del legado neoliberal.

Nos tocó que fuera la educación el problema ubicado justo en este momento histórico. En el paso de la vieja herencia dictatorial hacia el porvenir plenamente democrático.

Ya antes se nos presentó la firma del Presidente Lagos como una Nueva Constitución, el Crédito con Aval del Estado como la realización del derecho a la educación. El problema de los parches es que nunca se presentan como parches, se presentan con la fanfarria de lo que no son. Y confunden. Peor, a la larga, tampoco funcionan.

El juego de disfrazar ajustes como reformas refundacionales no aguanta más. La sociedad lo ha hecho ver en todas las formas posibles. La paz social no se asegura con ajustes –pequeños o grandes- que satisfagan a los poderes fácticos. Quienes sigan ese camino, más allá de las intenciones, están actuando sin visión de largo plazo.

La ambigüedad no es neutral. Dejar esta hora decisiva sin conducción política real llevará al país a una situación que nadie quiere. Menos nosotros, las fuerzas emergentes, que bregamos para que la lucha social sea políticamente edificante.

Dejar al país sin conducción real de sus anhelos de cambio llevará el actual desencanto con la política a un rechazo abierto y frontal de la democracia. Los ciudadanos entenderán, después de ser excluidos tantas veces, que las instituciones democráticas no les sirven para nada. El actual sistema político tiene bases precarias, su sordera respecto de la sociedad no es signo de fortaleza, sino al contrario.

A propósito de la igualdad y la democracia, la realización integral de cada uno de nosotros en sociedad, que es finalmente de lo que se trata todo esto, me gustaría recordar una advertencia que hace muchos años, en el prólogo de su libro de 1962 “Chile, un caso de desarrollo  frustrado”, Aníbal Pinto Santa Cruz hiciera desde una óptica académica, en relación a los peligros que entrañaba la expansión de la economía nacional sin una subsecuente distribución de los mayores ingresos por ésta producida. Anotaba el autor que “el desequilibrio tendrá que romperse o con una ampliación sustancial de la capacidad productiva y un progreso en la distribución del producto social o por un ataque franco contra las condiciones de vida democrática que, en esencia, son incompatibles con una economía estancada”.

El nuevo ciclo político que esperamos no ha empezado todavía. Bien puede abortarlo la ambigüedad y la creencia que en ajustes bien calibrados está la clave de la paz social. Empecinarse en protegerla de este modo es en realidad lo que la amenaza.

La presidenta Bachelet se dirigirá al país pasado mañana. Yo aprovecho de decirle directamente: Presidenta Bachelet, tiene usted la oportunidad histórica de hacer realidad el anhelo de los millones que se movilizaron y lucharon contra la dictadura: la construcción de una democracia plena, con derechos políticos y derechos sociales, entre los que está en un lugar destacado la educación.

Tiene Ud. Presidenta Bachelet la oportunidad de hacerlo disipando el manto de dudas, ambiguedades y contradicciones que se cierne sobre la reforma educacional, de aclarar que no seguiremos la receta de los vouchers ni de los incentivos, que aunque nos demoremos varios lustros vamos a reconstruir la educación pública como principal pilar educativo del país, que vamos a democratizar la educación, y que daremos a los ciudadanos y no a los clientes ni a los empresarios la libertad de construir la educación que quieran.

Si hay una voluntad genuina de avanzar en esa dirección, sepa Ud. Presidenta que, aún con las diferencias que no separan, estaremos disponibles, siempre desde nuestra posición de autonomía, para que la reforma salga adelante. Ud. decide.

 

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