Opinión

IZQUIERDA PARA QUÉ

IZQUIERDA PARA QUÉ

Por Carlos Ruiz y Francisco Figueroa

En Le Monde Diplomatique en julio de 2012

 

Salvar a la Concertación o abrir un nuevo ciclo. Esa es la disyuntiva que enfrentan las nuevas fuerzas sociales. Ante la decadencia de la fronda política de la transición y la necesidad de superar sus mezquindades, refundar la izquierda aparece como un desafío ineludible. En ello se juegan las posibilidades de avanzar a tiempos de cambio sustantivo.

La creciente conflictividad social que remece al país, si bien encabezada por el movimiento estudiantil y animada por luchas de diverso signo, expresa un descontento social que sobrepasa el problema educacional para abarcar diversas dimensiones del orden económico, político y cultural vigente. Constituye un hito en el proceso político y social chileno en la historia inmediata y devela el agotamiento de los moldes establecidos en la transición. En este escenario, la posibilidad de avanzar hacia un nuevo ciclo histórico está instalada, pero no asegurada.

La política, por su lado, profundiza su decadencia. Se consume en pugnas vacías por cuotas electorales, animando un espectáculo de apuestas y discursos de ocasión de espaldas a los reclamos de la sociedad, que la sobrepasan, develando su incapacidad para entender el malestar y procesarlo. Como nunca, hoy «tener política» se reduce a detentar una maniobra electoral. Es un vaciamiento de sentido que la sociedad condena. El vacío de representatividad, se transforma en apoyo al movimiento estudiantil, el más articulado y fresco entre los movimientos sociales actuales. Sin quererlo, de hecho, contribuye a que se proyecte.

Es que el malestar con la promesa educativa logró involucrar una dimensión de derechos. Y con eso, abrió la puerta al problema de los grados que alcanza la mercantilización y privatización de nuestras condiciones de vida: educación, salud, pensiones, etc. Expresa un malestar, en definitiva, con la pérdida de control sobre nuestras vidas, y anuncia en definitiva una lucha por recuperar soberanía sobre nuestro futuro.

El movimiento, en consecuencia, apuntó los dardos del malestar hacia la concepción subsidiaria con que el modelo de Estado vigente maneja estas cuestiones. Finalmente, la tensión entre una concepción de derechos sociales universales versus la subsidiariedad imperante, nos ha remitido al tipo de derechos, de Estado y de ciudadanía que debe tomar forma como respuesta a las actuales luchas sociales.

La posibilidad de abrir el tránsito hacia un nuevo ciclo histórico tiene que ver con enfrentar problemas de estas dimensiones, evitando el cerco a las luchas y el malestar que la llamada «gobernabilidad democrática» ha realizado en los últimos 20 años, empleando mecanismos tecnocráticos y corporativos. Si bien la política se presenta hoy atravesada por impulsos de reorganización, estos parecen más espurios que sustantivos, en la medida en que se niegan a abordar las cuestiones de fondo. Más aún: parecen todavía girar en torno al problema de la gobernabilidad, del cómo devolver legitimidad al pacto de la transición.

En este sentido, el riesgo no sólo de instrumentalización, sino de desarticulación de las fuerzas sociales hoy activas, es evidente. Una recomposición superficial de la política que renueve las limitaciones de la transición está a la vuelta de la esquina. Problema que la izquierda parece no sopesar, en su apuro por diluir la reticencia a su incorporación al juego bicoalicional. La posibilidad de evitar un retorno de viejos esquemas bajo nuevos discursos está hoy principalmente anclada en los movimientos sociales en general y el movimiento estudiantil en especial.

El que viene es un tiempo de cambios, de superación de los términos mezquinos de la política imperante. Pero nadie, en el mundo de la casta política, parece dispuesto a una revisión sustantiva. Al revés, la moda es zafarse de proyectos políticos. De pronto, los políticos son sólo “personas”, no proyectos con prácticas histórico-concretas. Entonces, ya no se puede discutir con “proyectos”, sólo con rostros y discursos de ocasión.

Las culpas parciales que hoy se apuntan como origen de las mezquindades y miserias políticas y sociales de más de dos décadas, son prueba de que no se quiere llegar al fondo; sino evitarlo. Cuando se atribuye el origen de las mezquindades al cerco de la derecha, o a una supuesta ingenua Concertación maniatada por sus tecnócratas, o cuando se celebra lo hecho y presenta lo pendiente como origen del malestar, lo que se pretende es invisibilizar la colusión política más grande del siglo XX en que se refunda una fronda política bajo los acuerdos de la transición.

Eso es lo que colapsó, y lo que se quiere esconder, para volver al juicio hacia los excesos del  juego de poder, más no a su esencia. Una refundación sustantiva de la política, capaz de incluir intereses sociales excluidos, capaz de cambiar su carácter social, demandará por cierto ejercicios de fuerza, pero para sostener una lucha por mayores transformaciones, requerirá también la maduración de un proyecto político. Y eso pasa por enfrentar el desafío de refundar la izquierda.

Por una refundación de la izquierda

La izquierda actual no basta para imponer una voluntad histórica de cambio sustantivo. Por un lado, la ausencia de autocrítica histórica en el juego de los díscolos de ocasión, el triste espectáculo de elusión de responsabilidad que protagoniza la Concertación (el espectáculo es uno de sus oficios por excelencia), dificulta aún más la solución del conflicto abierto en esta encrucijada histórica. Por otro lado, el «juego» de discusión programática que apuesta a incorporar nuestras demandas a una coalición agotada, no hace más que desmoronar esta lucha.

Esa es una contradicción que arrastra grandes costos para los movimientos sociales en general y estudiantil en particular. Estas demandas, por derechos y desmercantilización, no son compatibles con un orden político que cobijó este panorama social y económico de verdadero subsidio al capital a través de la constricción de derechos sociales. Por el contrario, hay una coherencia entre demandas económicas y políticas que una izquierda del siglo XXI no puede desconocer. Su gran tarea constituyente estriba en la superación de las mezquindades del Chile de la transición.

La gran marca de la izquierda chilena todavía sigue siendo su desarme político. Su derrota histórica se ha prolongado por décadas y se ahonda bajo el peso de las enormes transformaciones experimentadas por la sociedad chilena. La inorganicidad del descontento, y la distancia con que se despliegan los fenómenos sociales respecto de lo político, no permiten su caracterización bajo las identidades de la política del siglo XX. Ante este panorama, reimaginar una izquierda sólo será posible en la medida en que se constituya una voluntad de apropiación de los cambios sociales y culturales que ha experimentado la sociedad chilena.

Esto último remite a una verdadera secularización de los sectores más conservadores de esa izquierda. Conservadurismo que, a fin de cuentas, contribuye a su marginación de las relaciones de fuerza y de poder más sustantivas del Chile que se anuncia. La izquierda histórica está agotada. Reimaginarla implica pensar más allá de los convencidos. Remite a pensar una alternativa para amplios sectores que no se definen de izquierda. Pensar el país -no sólo una parte de éste- y forjar una vocación de disputa de conciencias con una derecha que avanza bajo inéditas formas.

Hay mucho que asumir -y dejar de eludir- para abrir paso a una nueva izquierda para un nuevo ciclo de luchas populares; las limitaciones de los llamados socialismos reales, de cursos que no socializan el poder, que generan nuevas clases dominantes; las propias derrotas locales de la izquierda. Evadir estos problemas para buscar una tramposa fuerza moral, responsabilizar de todo al enemigo, victimizarse como remedo de identidad, apenas esconden el desarme político y el defensismo conservador de magras burocracias. Asumir el fracaso de las estrategias pasadas para superar el capitalismo es un paso ineludible para crear otras nuevas capaces de hacerlo.

Se requieren nuevas estrategias. No para administrar, sino para transformar. Ese esfuerzo no puede reducir toda su lucha a la disputa por el control del Estado. Duramente, el siglo XX nos ha enseñado que la nueva sociedad no se inventa después de la “toma del poder”. La posibilidad de una nueva sociedad se define desde el presente. Está en juego en los rasgos de los actores políticos y sociales que impulsan la lucha transformadora. Ignorarlo tiene como consecuencia que en lugar de transformar, es la izquierda la que es transformada, desnaturalizada y reducida a socio minoritario de proyectos que terminan por profundizar el orden actual.

Desde hoy se prefigura el futuro buscado. Por tanto, lo que hay que poner en el centro del debate, sin distracciones, es la construcción de una fuerza política y social transformadora, generadora de nuevas dinámicas y espacios, lo que implica superar el esfuerzo centrado desmesuradamente en el fortalecimiento del partido y en la monótona apelación a lo que se quiere destruir en lugar de aquello a construir. Reducir la nuestra a una identidad antineoliberal, anticapitalista, antisistémica, ignora la urgencia de una voluntad constructiva y transformadora para una nueva izquierda como principal arma de superación del orden actual.

La construcción de esta fuerza transformadora requiere superar las viejas concepciones de construcción de la organización política, en particular la lógica suplantadora de las fuerzas sociales. Estas son determinantes e insustituibles. Un proceso de transformación social generalizado sólo lo pueden sostener inmensas mayorías determinadas a hacerlo. En esto no hay atajos posibles. La creencia ilusoria en atajos sólo dilata esta marcha y el curso de la transición chilena lo ejemplifica con brutalidad.Para lograr abrir las puertas de un nuevo ciclo histórico, sorteando los amagos por encerrar cualquier parto en la funeraria de la política agotada, sin más horizontes que la suma de cálculos burocráticos, han de confluir, junto a la voluntad de acción y organización, enormes dosis de imaginación histórica. No se volverá a la izquierda del siglo XX. Porfiar hoy en ese formato solo distrae nuestra energía del desafío ineludible que la historia nos ha puesto enfrente: apropiarnos del presente.

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