Cuadernos de Coyuntura

¿OPOSICIÓN PARA QUÉ?

¿OPOSICIÓN PARA QUÉ?

Giorgio Boccardo. Director de Fundación Nodo XXI

Las elecciones parlamentarias y presidenciales del 2017 significaron un hito agridulce para las fuerzas de cambio en Chile. Mientras que el Frente Amplio ampliaba significativamente su presencia en el Congreso y los buenos resultados de su candidata Beatriz Sánchez se transformaban en la sorpresa de la primera vuelta, Sebastián Piñera ganaba nuevamente la presidencia con un amplio margen. Estos resultados dibujan un incierto panorama que pone a prueba a la colectividad. El Frente Amplio debe lidiar con el hecho de que su propia aparición esté acompañada de una alta abstención y probables votos cruzados con la derecha. El rol de la oposición, como había sido construido tanto por la Concertación como por la derecha, centrado en el obstruccionismo mediático unido a acuerdos en defensa de los pilares del modelo, sigue siendo, por otro lado, tentador por sus réditos en el corto plazo. Más aún, el alto grado de abstención y la relativa tranquilidad social que acompañó a la elección del Frente Amplio el año 2017 (añadido a una falta de protagonismo de este como colectividad en las movilizaciones feministas del 2018) pone en cuestión su arraigo en los actores y movimientos sociales. A ello se suma, por último, que la cultura orgánica de la colectividad prácticamente no ha propiciado espacios en el que estos temas puedan ser discutidos.

Es así como, a propósito del lanzamiento del número 20 de Cuadernos de Coyuntura, Fundación Nodo XXI organizó el foro “¿Cuál oposición?: coordenadas para situar el debate”, el pasado 19 de abril, que contó con la participación del diputado Giorgio Jackson, la senadora Yasna Provoste, el ex ministro Marcos Barraza, y el director de Fundación Nodo XXI Giorgio Boccardo. Los panelistas fueron invitados a discutir justamente los problemas y desafíos que se abren para la oposición a un gobierno de Piñera en el nuevo escenario político. Aquí, compartimos un extracto de la intervención de Giorgio Boccardo, quien responde a la pregunta sobre qué debiese articular a las fuerzas de la oposición en el actual escenario, y que ha sido preparada por nuestro equipo editorial para la presente edición.

——–

Estamos en un momento de formación muy embrionaria de esfuerzos políticos que están tratando de sortear los cerrojos de la transición. Sin embargo, no está dado a priori que esas fuerzas se constituyan ni social ni políticamente. Será clave la responsabilidad de las fuerzas que hemos participado por una década, y quizá mucho más, para la nueva configuración política. En ese sentido, no ayuda cómo la política del espectáculo y de la farándula se toma las dinámicas también de la izquierda y centroizquierda. Acá estamos haciendo un esfuerzo, con el resto de los panelistas, de dar planteamientos en los que no estamos necesariamente de acuerdo, pero que contribuyen a oponerse a lo que vemos muchas veces hoy en la prensa, cuestiones de las que nos tienen conversando toda la semana. Claro, de repente, nos gusta ver cuántas veces echan a Kast de cuántas universidades, pero estamos toda la semana discutiendo sobre eso. Y sobre proyectos, sobre modelos de desarrollo, muy poco. Tenemos que tratar de romper esa lógica del espectáculo, la política del Twitter que se nos ha ido cada vez introduciendo más en nuestro ADN y la verdad nos tiene como nos quieren.

Haciéndonos cargo de lo que el foro está tratando de propiciar, hay un punto que es de partida, y es que una oposición a un gobierno de Piñera no es un fin en sí mismo. Y, en ese sentido, la forma en cómo una izquierda o centroizquierda se mueva hoy va a depender muchísimo del escenario de una derecha que en este momento es muy heterogénea: no hay una derecha unívoca. También depende de que nuestra responsabilidad esté con las demandas, con las mayorías, con los anhelos que hoy se están jugando en la sociedad. Y, por lo tanto, si creemos que con eso se puede avanzar, que nos convoque la derecha o la antigua Concertación a comisiones de diálogo no lo veo por sí mismo como algo negativo. De hecho, nosotros fuimos a un montón: el 2006, el 2011, y así en adelante, hemos ido a conversar con cuánto ministro de turno ha habido; la verdad es que no nos ha ido muy bien, pero no estaba muy correlacionado con la orientación política del gobierno. Por lo tanto, si a mí me preguntan, probablemente nosotros hubiéramos ido a esa comisión de infancia. No lo veo como algo negativo a priori. Me parece que tener esa capacidad como esfuerzo político de deliberar cuándo sí, y cuándo no, va a ser algo que vamos a tener que aprender. Decir “no” a cualquier cosa de Piñera, como decir “sí” a cualquier cosa de las defensas del legado [de Bachelet] va a ser inconducente con la formación de un esfuerzo político.

Nosotros ya hemos aprendido con bastante dolor que al final del día los intereses del neoliberalismo están absolutamente enraizados en la derecha y en buena parte de la Concertación, y en algunos casos llega un poquito más allá. Es cosa de recordar el caso SQM para ver cómo se ha enraizado el empresariado en la política chilena. Por eso, me parece que tanto dentro de la derecha como de la antigua Concertación, e incluso dentro de la propia izquierda, está todo absolutamente revuelto. Y va a estar revuelto por un buen tiempo. Vamos a tener que aprender a ir construyendo una dinámica que se haga cargo de ello. Este foro, por ejemplo, sería imposible de procesar en los códigos clásicos de izquierda y derecha. Porque se supone que aquí faltan los progresistas, una parte importante del Partido Socialista, entre otros; pero, en cambio, resulta que a veces vamos a empezar a tener más coincidencia con gente que no está en esos esfuerzos. Los códigos izquierda-derecha hoy día no explican buena parte de cómo se está ordenando el mapa política, y menos cómo se está ordenando ese 60%, 70% de la población que no vota, que está fuera de la política.

Coincidimos en algunas cosas con los otros panelistas en torno a cómo podemos pensar una oposición que, por cierto, en primer lugar, no puede ser nuestro techo. Si nos planteamos ser oposición como vocación, nunca vamos a ser alternativa política en este país. En segundo lugar, coincidimos también en algunos principios. Es posible, y creo que incluso deseable en una fuerza como ésta, administrar una heterogeneidad importante. Esto no implica manejar principios contradictorios; pero, si hay tres o cuatro principios en los que nos pongamos de acuerdo podemos ir construyendo una fuerza que va a ser muy heterogénea, y eso no será ni bueno ni malo. Es también parte de la heterogeneidad que tiene Chile hoy día.

Lo primero, y aunque sea algo que se ha dicho bastante, es que la idea de recuperar derechos, recuperar soberanía sobre nuestras vidas, fortalecer los derechos sociales, en un principio había sido muy distintivo de las fuerzas populares en Chile. Hoy en día, en cambio, es una palabrita totalmente manoseada. Voucher es derecho, bonos son derechos. Por lo tanto, tenemos que resignificar la idea de recuperación de derechos en términos de desmercantilizar un montón de espacios de la vida social que hoy día son, además, subvencionamos por el Estado. Efectivamente, puede haber ampliación de derechos que termina siendo ganancias protegidas para grupos empresariales: prestan derechos, y, como además no les gusta competir, reciben aseguradamente las subvenciones del Estado. En eso, creo que nos confundimos bastante, y hay que abrir la discusión de qué va a ser derecho y qué es más vouchers. Frente a ello, ya sea que sea encabezado por Piñera o por una nueva vuelta de la Concertación, vamos a tener que ser oposición. En si estamos a favor del bono o del voucher no se aguantan medias tintas. Esto es independiente de que podamos entender por qué hoy en día la gran mayoría de personas en Chile va a salir corriendo a recibir un bono si se les ofrece. No es porque sean de derecha ni de izquierda, sino que hay otro tipo de enredos que tampoco hemos discutido lo suficiente como esfuerzo político.

Un segundo elemento relevante tiene que ver con la democratización que, aunque se expresa en ciertas reformas a la institucionalidad, no se agota allí. Tenemos que dar una discusión importante dentro de este esfuerzo respecto a cómo se democratiza el Estado. No profundizar en cómo democratizar un Estado absolutamente restrictivo, tecnocrático y controlado por intereses empresariales nos puede llevar a la paradoja de que aquellas reformas terminan siendo nutridas por un sistema político empresarial absolutamente blindado. Un ejemplo de eso, por cierto, es un Tribunal Constitucional antidemocrático. Sin embargo, hay también otras propuestas de reformas que se pueden hacer al Estado, que no necesariamente aseguran mayor democratización. En eso, creo que la izquierda queda muy anclada en los límites que pone un Estado que, hoy en día, está absolutamente colonizado por los grupos empresariales. Entonces, cuando hablamos de democratización tenemos que ir un poco más allá, sobre todo pensando en la gran mayoría de la población que ni en el Estado ni en la política solucionan ninguno de sus problemas cotidianos.

La preocupación anterior se mantiene, y creo que esta reflexión ha estado un poco ausente del foro, incluso aumentando la cantidad de diputados, aumentando la cantidad de alcaldes, aunque hagamos los ajustes necesarios para que efectivamente este esfuerzo tenga mayor representación en el sistema político institucional. Hay un problema que no está resuelto, y no se resuelve con más parlamentarios antisubsidiarios o antineoliberales. El problema radica en que sostener reformas del tipo descrito antes implican enfrentarse con grupos empresariales, con grupos políticos, con grupos de poder absolutamente conservadores. Va a significar que abramos una discusión sobre cómo organizar, no solamente representar, a un campo popular que está totalmente fuera de esto. Un campo popular que puede tener esa contradicción de votar por Beatriz Sánchez y después haber votado por Ossandón, y que probablemente va a votar también por Piñera. Y no por ello son más de derecha. Es gente que por 20, 30, 40 años fue absolutamente abandonada por el Estado, abandonada por los gobiernos de la Concertación. Fue arrojada al mercado a vérselas por sí misma, y ha sido socializada por 40 años así. Entonces la pregunta es al revés: ¿por qué debiera actuar de otra manera? ¿Por qué debiera sentirse interpelado por la política? Más aún, cuando la ve, es la política del espectáculo, a la cual nosotros más encima nos asimilamos porque da algunos aplausos, algunos me gusta, algunos like. Pero la gente termina diciendo: “ah, bueno, son más de lo mismo”.

Tenemos que abrir una discusión que ha estado absolutamente ausente: cómo organizar, viabilizar, canalizar, intereses del campo de los trabajadores, del mundo popular, de la gente que está organizada en contra de los conflictos socioambientales, y que hoy no está siendo movilizada por este tipo de cuestiones. Tenemos un signo de interrogación ahí que, si no se resuelve, las reformas no serán sostenibles, por mucho que tengamos representación formal en la institucionalidad política. Porque del otro lado no sólo aparecen los parlamentarios de Chile Vamos: aparecen los grupos empresariales, aparece la Iglesia, aparecen los poderes fácticos. En ese contexto, creo que tenemos que abrirnos a ese debate porque, más que enfrentarnos a la apatía política, y esta es una preocupación que comparto con los otros panelistas, se nos termina organizando una derecha social. No al estilo Kast, que es un cuadro de choque que tiene la derecha, sino que fundamentalmente a partir de una derecha que empieza a organizarse en el campo popular.

Por lo tanto, no podemos farrearnos esta oportunidad histórica justamente por quedarnos un poco encerrados en los límites que nos impone la política institucional, la política parlamentaria, aunque es fundamental que la vayamos transformando. Sin fuerza social organizada que sostenga proyectos históricos, las transformaciones antineoliberales no son viables en el tiempo. Eso es algo que todos tenemos que asumir. Aquello tampoco implica volver a lo viejo, a la vieja organización social que hoy también tiene sus problemas y límites en el sindicalismo, en el mundo público. Ahí estamos aún al debe por la carencia de imaginación.