Cuadernos de Coyuntura

Trastornar la democracia

Trastornar la democracia

TRASTORNAR LA DEMOCRACIA

Las fake news (noticias falsas o desinformación en gran escala con fines políticos) es el concepto de moda entre los analistas de actualidad de todo el orbe. Una herramienta política que, hija pródiga de la vieja demagogia, tiene de novedad la sofisticación que para su empleo permiten las nuevas tecnologías. Unas que han dejado su huella en los principales resultados electorales del último tiempo (Brexit, Trump, Bolsonaro), estando incluso, para algunos, a la base de supuestas nuevas formas de gobierno contemporánea.

Como en todo, el presidente Piñera y su gobierno no han querido quedarse al margen, acercándose de modo reiterado a lo reñido con la verdad para obtener réditos políticos, especialmente en los últimos meses. Primero, por el tratamiento dado a la crisis venezolana, enorme tragedia del continente, en donde se ha transitado, tentando sin más la posibilidad de una guerra con un claro propósito de causar efectos en la política interna (recordando el episodio de “Chilezuela”), desde la propaganda hasta la irresponsabilidad política, privilegiando el desafío permanente a la soberanía extranjera antes que las instancias que buscan una salida dialogada a la crisis, de las cuales Chile se ha restado. Una situación que, en otras materias, también se ha repetido. En educación, con una ministra Cubillos empujando varios aspectos de los proyectos “Aula Segura” y “Admisión Justa” a contramano de la evidencia acumulada en materia de educación escolar; o, en seguridad, primero con el Caso Catrillanca y, más tarde, con el retorno de la ley de control preventivo aplicada a menores, pasando por alto los acuerdos internacionales relacionados con la protección de la infancia suscritos por Chile.

Lo lógica, en todos los casos, ha sido la misma: más allá de la legítima intención de empujar un esfuerzo político propio contra la eventual oposición de otros, esto se ha hecho polarizando el escenario, sin importar la evidencia técnica, periodística o la propia coherencia. En definitiva, haciendo que la información falsa, más que como mentira que viabilice el acceso al poder, funcione como nebulosa de cualquier tratamiento racional a los problemas sociales y políticos, esto es, aquellos que pone sobre la mesa una sociedad que quiere ser escuchada por la política.

Una situación que se acrecienta, además, ante una oposición política desarticulada. En efecto, la periodicidad y el mismo atrevimiento en el uso de información falsa o mañosamente manipulada, emerge como un indicador del grado de esta desarticulación: puedes mentir todo lo que quieras sin que eso traiga aparejado un costo político. Uno que sólo se puede cobrar cuando se tiene fuerza social y política propia. Pero, también, cuando no se ha caído en lo mismo.

Sabido es que la razón de ser de la política no es la búsqueda de la verdad, sino la del poder. Objetivo para el cual prácticamente todas las formas terminan siendo válidas. No obstante, también se sabe que un avance de la política moderna, en oposición a sus expresiones previas, es que, haciéndose presente el problema de la legitimidad esto es, de la búsqueda de un consenso mayoritario más allá del uso de la fuerza, las formas democráticas implican ciertas reglas del juego, que obligan a grados de veracidad racionalmente fundados por el bien de todo el sistema. Es lo que se llama un pacto y, valga recordar, es una conquista del movimiento popular de los últimos siglos. Es su derecho a definir su propio devenir de un modo racional, bajo formas que deben ser protegidas. Eso es lo que hoy parece estar en crisis. Es la potencialidad de la nueva derecha que emerge.

Pero esta situación no es un producto de las fake news o de campañas electorales bien construidas. Injusto es cargarles las culpas de problemas tan profundos a tales herramientas. Más bien, es el resultado del avance de la descomposición de la política, de ese espacio que no existe con un sentido pleno si es que no sirve para definir el futuro. Esto tienen en común los líderes de signo derechista que se potencian globalmente: su conservadurismo, y la radicalidad que se les arroga, no tiene que ver tanto con su cercanía con los militares, su desprecio por los derechos humanos, su misoginia o xenofobia. Todos estos, flagelos ya conocidos y no atribuibles a este período, no son sino armas a las que se recurre para trastornar cualquier discusión democrática posible.

En ese sentido, cabe poner atención a la enorme movilización desplegada el pasado 8 de marzo alrededor del mundo. Y es que, como potencial ensanchador de la democracia, el feminismo se eleva como un eje fundamental para la construcción de fuerza social y política que combata las sombras de nuestros tiempos.

Sebastián Caviedes, director

Santiago, abril de 2019