La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser un horizonte de ciencia ficción para convertirse en la fuerza tecnológica más transformadora de nuestro tiempo, reconfigurando aceleradamente el trabajo, la educación, la democracia y la geopolítica mundial. Frente a una narrativa corporativa que vende esta revolución como una herramienta neutral de optimización y progreso individual, desde el Sur Global surge una alerta ineludible: la disputa de fondo no es meramente técnica, sino profundamente política. ¿Quién será el dueño de esta tecnología y quiénes se beneficiarán de su despliegue?
A partir de las reflexiones desarrolladas en nuestro programa Turno En Vivo por Camila Miranda, Víctor Orellana y Rodrigo Rojo, y en diálogo directo con la carta abierta a la militancia del diputado Gonzalo Winter, ¿Quién será dueño del futuro?, proponemos un análisis en clave de centro de pensamiento para comprender este nuevo escenario de acumulación digital y trazar las tareas urgentes para las fuerzas democráticas y populares de América Latina.
1. El gran despojo: La IA como acumulación originaria de datos
La inteligencia artificial generativa no crea de la nada. Su materia prima, el combustible que alimenta los grandes modelos de lenguaje (LLM), es el conocimiento colectivo acumulado por la humanidad durante generaciones: libros, arte, discusiones filosóficas, código, imágenes y registros científicos: «La IA es, en realidad, nuestra propia vida mercantilizada y usada como dato».
Esta acumulación de saber social ha sido privatizada por un puñado de corporaciones transnacionales (como OpenAI, Google, Anthropic y xAI) sin consentimiento, reconocimiento ni compensación. El sociólogo Víctor Orellana ilustró esta dinámica en el panel recurriendo a una célebre metáfora cinematográfica:
«Esta idea se acuerdan que en Matrix nos tenían como pilas, ¿no es cierto? Nos tenían encerrado a la humanidad generando energía. Yo creo que no es muy lejano de eso: nos tienen produciendo datos con nuestra vida para luego volver a vendernos eso de distintas maneras».
Esta expropiación de lo común devela una asimetría moral e institucional obscena. Como bien denuncia la carta de Gonzalo Winter:
«La ley de propiedad es implacable hacia abajo y decorativa hacia arriba. Los mismos que se apropiaron de la creación de la humanidad entera sin pagar un peso son los que nos cobran una suscripción por acceder al resultado».
Entramos de lleno en la «economía de la suscripción»: un modelo donde las personas pagan cuotas permanentes por servicios digitales sin poseer nunca nada, extendiendo a los bienes culturales y al software de trabajo la misma lógica de desposesión perpetua que la clase trabajadora chilena ya conoce a través del mercado de la vivienda y el arriendo.
2. La «Ilustración Oscura»: El proyecto político antidemocrático de las Big Tech
Detrás del desarrollo tecnológico de Silicon Valley no hay neutralidad ideológica, sino un proyecto político explícito de corte autoritario. El centro de este andamiaje intelectual y financiero se encuentra en figuras como el multimillonario Peter Thiel (cofundador de PayPal y Palantir) y el bloguero neorreaccionario Curtis Yarvin (conocido como Mencius Moldbug), ideólogos de la llamada «Ilustración Oscura».
Este marco de pensamiento sostiene que la democracia liberal es un sistema ineficiente y obsoleto que debe ser liquidado. Su propuesta plantea reemplazar el Estado por una corporación soberana gobernada por un «CEO-monarca» con poder absoluto, aplicando a la administración de las naciones la lógica implacable de la eficiencia empresarial. Su fórmula provocadora, acuñada en la sigla RAGE (Retire All Government Employees / Despedir a todos los empleados públicos), tiene hoy un eco directo en los sectores más duros de la ultraderecha global.
Este proyecto no es una distopía lejana; ya está operando en el Cono Sur. La reciente visita de Peter Thiel a la región —reuniéndose con Javier Milei en la Casa Rosada y con José Antonio Kast en Chile— evidencia una estrategia activa para implantar «zonas francas de desregulación». Milei y su ministro Sturzenegger publicaron en el Financial Times una columna donde ofrecen a Argentina como territorio libre de leyes para la IA, planteando la creación de personas jurídicas operadas enteramente por robots y sin control humano.
Como advierte la abogada y directora de Nodo XXI, Camila Miranda:
«Lo que hacen, en vez de construir nuestra autonomía, nuestra soberanía como país, es agachar el mono frente a Donald Trump, y eso es que todos nuestros datos, todo nuestro conocimiento, incluso posiblemente nuestros recursos naturales, sean propiedad de otros y no de nosotros para vivir mejor».
3. Del General Intellect a la soberanía suscrita
Esta mutación del capitalismo había sido anticipada con asombrosa precisión por Karl Marx en el siglo XIX. En su famoso Fragmento sobre las máquinas (de los Grundrisse), Marx teorizó el concepto de general intellect: la fase en la cual el conocimiento social acumulado se convierte en la fuerza productiva inmediata directa, desplazando al trabajador vivo a un rol de mero «vigilante y regulador» de la máquina.
Durante el panel de Turno En Vivo, Víctor Orellana citó textualmente este pasaje crítico de Marx para iluminar nuestro presente:
«El desarrollo del capital fijo revela hasta qué punto el conocimiento social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata (…). El ser humano se comporta como vigilante y regulador respecto al proceso de producción mismo. Es decir, como quien hace los prompts».
La paradoja existencial que encaramos hoy es que la automatización del trabajo, que históricamente fue el gran sueño humanista de emancipación y liberación del tiempo de trabajo obligatorio, se presenta bajo el diseño de las corporaciones tecnológicas como una amenaza de miseria estructural y desempleo masivo. Como apunta la carta de Winter:
«Que la mejor noticia posible se viva como la peor es el retrato más preciso del orden social en que vivimos».
Para los países del Sur Global, este modelo plantea el peligro inminente de la Soberanía Suscrita. Si la defensa fronteriza, la vigilancia, los sistemas epidemiológicos y los datos de salud pública de Chile pasan a depender de licencias mensuales de softwares extranjeros controlados por entidades privadas (como Palantir) asentadas en otras jurisdicciones, el Estado nación pierde su capacidad de autogobierno básico. No habremos perdido una guerra física; simplemente nos habrán cortado la suscripción de nuestra soberanía.
4. El Papa León XIV y la Rerum Novarum de la era digital
En este desolador mapa de poder, una de las voces más críticas ha venido de una cúpula inesperada: el Vaticano. Con la encíclica Magnifica humanitas, el Papa León XIV ha irrumpido en el debate de la IA denunciando el surgimiento de un «colonialismo de datos» que extrae los perfiles biológicos, epidemiológicos y sociales de las naciones con menos peso geopolítico para transformarlos en información explotable.
La encíclica rescata el principio de subsidiariedad dándole una lectura radicalmente distinta a la que la derecha chilena y Jaime Guzmán impusieron durante la dictadura. Mientras que la interpretación neoliberal usó la subsidiariedad para desmantelar el Estado protector en favor del mercado, su formulación original protege a las comunidades de la absorción y dominación de cualquier entidad superior. Y hoy, esa entidad superior que todo lo registra y decide no es solo el Estado, sino la corporación tecnológica transnacional.
Como sintetiza Winter en su texto, se abre una contradicción ética insalvable para las fuerzas conservadoras de nuestro país:
«La derecha chilena no podrá seguir rezando bajo el credo de la Iglesia mientras gobierna con el evangelio de Peter Thiel. Más temprano que tarde tendrá que elegir cuál de las dos profesa».
Sin embargo, desde una perspectiva de izquierda, debemos reconocer los límites de la sola prédica moral. La célebre encíclica Rerum novarum de 1891 pudo mediar e incidir en el capitalismo industrial porque existía una contraparte real, organizada y temible: la clase obrera articulada en sindicatos y partidos de masas. Hoy, ante la dispersión y desorganización de los trabajadores en la era de las plataformas digitales, la voz del Papa corre el riesgo de quedarse en una declaración inofensiva si no construimos la fuerza social capaz de hacerla valer.
5. Una agenda estratégica para la izquierda desde el Sur Global
Frente al aceleracionismo corporativo, la respuesta no puede ser el repliegue melancólico ni el ludismo ciego. La izquierda continental debe tomarse el futuro en serio y levantar alternativas de legítima defensa popular basado que considere:
- La soberanía sobre lo material: La IA puede procesar el conocimiento acumulado, pero no puede crear agua, cobre, litio, energía ni tierras cultivables. Como sociedad debemos plantear un dilema estratégico: o controlamos la IA, o controlamos todo lo demás. El resguardo del patrimonio ambiental y de los bienes comunes físicos es nuestra última línea de defensa soberana.
- Impuesto global a la IA vs. el nacionalismo imperialista: Aunque valoramos la propuesta del senador estadounidense Bernie Sanders de crear un fondo soberano mediante un impuesto a las acciones de las Big Tech, advertimos una limitación de fondo: dicho fondo devolvería la riqueza producida por el saber de toda la humanidad únicamente a los ciudadanos de EE. UU., nacionalizando y legitimando el despojo global. Exigimos una tasa impositiva global cuya recaudación sea distribuida soberanamente, y para ello es urgente construir una institucionalidad y bloque de negociación latinoamericano que nos permita pararnos de igual a igual frente a corporaciones más ricas que nuestro PIB.
- Modelos locales, código abierto y el «efecto copiloto»: Chile no puede ser un mero suscriptor de tecnologías cerradas. Debemos impulsar el desarrollo de modelos propios basados en código abierto (open source) y robustecer el pensamiento crítico en la educación para evitar que la IA pase de ser nuestro copiloto a ser quien pilotee ciegamente nuestras decisiones y debilite la comprensión lectora, tal como advirtió Rodrigo Rojo al aludir al caso sueco. Proyectos piloto de certificación digital pública sin costos extras en universidades regionales (como la UdeC y la UCV) marcan un camino inicial que debe escalarse a nivel estatal.
- La organización sindical de la era digital: La automatización debe abrir paso a la reducción de la jornada de trabajo para el buen vivir, no a la precarización y la reducción salarial. Los sindicatos y organizaciones populares deben disputar el uso de la IA en los lugares de trabajo para redistribuir la ganancia de productividad hacia los trabajadores.
Nota elaborada a partir del programa Turno en Vivo del 9 de julio de 2026, realizado por la Fundación Nodo XXI junto a la Fundación Rosa Luxemburgo.