Columna de Pierina Ferretti: A propósito de Meloni: ¿Estamos listos?
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La suerte estaba echada. Antes de que se celebraran los comicios, se sabía que Georgia Meloni, líder del partido de extrema derecha Fratelli d’ Italia, acabaría siendo la próxima primera ministra. Ahora que la predicción estaría próxima a cumplirse, la pregunta que todos intentan responder es cómo fue posible que la tienda de Meloni -proveniente de una formación de origen fascista-, haya pasado del 4% obtenido en 2018, a ser el partido más votado en la reciente jornada, con un 26% de las preferencias.

El resultado de las elecciones italianas se explica, ciertamente, por diversos factores, algunos coyunturales y otros de carácter más estructural y de larga data. Cabe destacar el malestar por la crisis energética y la elevada inflación provocada por la guerra en Ucrania; el hastío ciudadano con las instituciones políticas, agravado con la caída del gobierno de Mario Draghi; las características particulares del sistema electoral italiano, que beneficia a las coaliciones y castiga la fragmentación; el recrudecimiento de la cuestión migratoria; y, sobre todo y con un peso mayor, la precarización del empleo y el desmantelamiento sostenido de los servicios sociales que golpea a millones de italianos.

En este cuadro de crisis, la extrema derecha logró capturar el descontento y, con un discurso nacionalista, racista y conservador, convertirlo en odio hacia la población migrante e islámica, la comunidad LGBTIQ+, la ideología de género, los “burócratas de Bruselas” y la izquierda. La ultraderecha italiana se presentó así, al igual que en otras partes del mundo, como una alternativa radical, antisistémica y rupturista, y logró movilizar a una parte del electorado suficiente para formar gobierno, aunque es justo reconocer que más de un 50% de los votantes no optaron por la coalición de derechas y que, además, hubo una enorme abstención electoral, la más alta registrada desde 1948, dato indicativo del estado de la democracia en la península.

Lo ocurrido en Italia no es un hecho aislado. El mapa del ascenso de la ultraderecha en Europa y otras partes del mundo es preocupante y debe encender las alarmas también en Chile, donde hace menos de un año José Antonio Kast ganó la primera vuelta y tuvo posibilidades de convertirse en el Presidente de la República. Si bien no es la causa principal, no conviene dejar pasar el hecho de que la ultraderecha en Chile se ha fortalecido gracias al apoyo generoso de la derecha tradicional y de la supuesta derecha liberal y democrática. Recordemos que para la segunda vuelta, todos estos sectores se cuadraron rápidamente detrás de la candidatura de Kast, y que para la elección de convencionales, los liberales de Evópoli compartieron lista con republicanos sin mayores aspavientos. Hay allí responsabilidades políticas ineludibles.

Sin embargo, existen razones más profundas. En Chile no asistimos -y en esto tenemos grandes diferencias con cualquier país europeo- al desmantelamiento de algo que mínimamente se acerque a un Estado de bienestar. Con cincuenta años de neoliberalismo encima, no hay siquiera huellas de lo que fue el Estado de compromiso del segundo tercio del siglo XX. La focalización ha sido la orientación dominante de la política social desde la dictadura hasta hoy y, por lo mismo, la desprotección, la vulnerabilidad y la inseguridad son elementos constitutivos de la experiencia cotidiana de las y los chilenos. Todos sabemos que una enfermedad nos puede dejar en la ruina, y todos sabemos también, y este es otro elemento estructurante de la crisis, que nuestro modelo de desarrollo es incapaz de crear empleos de calidad para las masas de jóvenes profesionales que egresan del sistema de educación superior con la promesa de un futuro mejor, y que la igualdad de oportunidades está, todavía, determinada por apellidos y comunas de residencia. Estas son las condiciones sociales específicas que producen el malestar social en Chile y son el caldo de cultivo para disposiciones racistas, conservadoras, agresivas y para la desafección. Condiciones ideales para el ascenso de la extrema derecha y alternativas “anti políticas” como las que hemos visto crecer en el último tiempo representadas en republicanos y el Partido de la Gente.

Pronti (Listos) fue el eslogan de campaña de Meloni. Convenció a una parte importante de los italianos de que ella y su partido estaban preparados para sacar al país del pozo de la crisis. Ante su llamado, la retórica antifascista y de defensa de la democracia fue impotente. Hay que tomar nota de ello. A nosotros, la afirmación de Meloni se nos devuelve como interrogante: ¿estamos, las izquierdas y los sectores democráticos, listos para responder a las urgencias de las mayorías sociales con propuestas que generen bienestar, seguridad, certezas y derechos, sin exclusiones, sin avivar odios, y sin abrazar los discursos y las políticas de la ultraderecha? ¿Tenemos un camino que ofrecer? Lo de Italia funciona como advertencia. Si no somos nosotros, ya sabemos cuáles son las alternativas y las consecuencias. Más vale, entonces, que le demostremos a la sociedad chilena que estamos listos para conducir el camino de salida del atolladero neoliberal.

Por Pierina Ferretti, directora ejecutiva de la Fundación Nodo XXI

Recuperado de: Latercera.com


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